martes, 28 de enero de 2025

Hace 74 años nacía el compañero Carlos Ramón Andrada.

 



El compañero sanjuanino, Carlos Ramón Andrada nació el 28 de enero de 1951, se casó, tuvo dos hijos y era empleado en el Servicio Provincial de Salud. 

Perteneció a la Juventud Peronista y fue secuestrado el 12 de febrero de 1977 en la calle Albardón en Caucete, junto con otra militante llamada María Cristina Otarola.  

Andrada es uno de los 65 sanjuaninos asesinados por la última dictadura militar y en homenaje, un árbol lleva su nombre en el “Bosque de La Memoria” que se encuentra en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de San Juan.

lunes, 27 de enero de 2025

Se cumplen 76 años del discurso de Juan Domingo Perón frente a la Asamblea de Convencionales Constituyentes.

 



Señores Convencionales Constituyentes:

En la historia de todos los pueblos hay momentos brillantes cuyas fechas se celebran año tras año y en las cuales se establecen los principios y despiertan los valores que los acompañaron en su vida de Nación; tales fueron entre nosotros la Revolución de Mayo y su trascendencia americana impulsada por nuestros generales y por nuestros soldados.

Están unidas estas fechas al entusiasmo popular que les otorga siempre un matiz de espontaneidad propicio para cantar el triunfo o la derrota. Son las horas solemnes que gestan la historia, son los momentos brillantes que cantan los poetas y declaman los políticos, son las horas de exaltación y de triunfo.

Hay otras épocas en que, calladamente, los países se organizan sobre sólidos cimientos. Se las puede llamar épocas de transición, porque siempre señalan la decadencia de una era y el comienzo de otra. Pero no es esa su mayor importancia, sino que en realidad, en tales momentos, se extraen conclusiones y recapitulan los resultados de los hechos precedentes para poder aplicar unos y otros al porvenir. El entusiasmo cede su puesto a la serena reflexión, porque es necesario abstraer y clasificar para poder organizar y constituir. El resultado no depende de la fuerza ni del ingenio, sino del buen criterio y la imparcialidad de los hombres. 

Dios no ha sido avaro con el pueblo argentino. Hemos saboreado los momentos de emoción exaltada y gustado las horas tranquilas de cimentación jurídica. 

La cruzada emancipadora y la era constituyente son altísimos exponentes de la creación heroica y de la fundación jurídica.


El genio tutelar 

Permitidme que después de agradecer la invitación que me habéis hecho de asistir a este acto tan trascendental para la vida de la República, eleve mi corazón y mi pensamiento hacia las regiones inmarcesibles, donde mora el genio tutelar de los argentinos, el general San Martín. 

San Martín es el héroe máximo, héroe entre los héroes y Padre de la Patria. Sin él se hubieran diluido los esfuerzos de los patriotas y quizás no hubiera existido el aglutinante que dio nueva conformación al continente americano. Fue el creador de nuestra nacionalidad y el libertador de pueblos hermanos. Para él sea nuestra perpetua devoción y agradecimiento. Los Constituyentes del 53 habían padecido ya las consecuencias de la desorganización, de la arbitrariedad y de la anarquía. La Generación del 53 era la sucesora de aquella de la Independencia, la heroica. Más que la estrategia de los campos de batalla tenía presente la obscura lucha civil; más que los cabildos populares, la desorganización política y el abandono de las artes y de los campos. Había visto de cerca la miseria, la sangre y el caos; pero debía elevarse apoyándose en el pasado para ver, más allá del presente, la grandeza del futuro; y más aún, tenía que sobreponerse a la influencia extranjera, ahondar en el modo de ser del país para no caer en la imitación de leyes foráneas. Hubo de liberarse de la intransigencia de los círculos cerrados y de los resabios coloniales, para que la Constitución no fuera a la zaga de las de su tiempo. 

Augustos diputados de la Nación nombró Urquiza a los del Congreso Constituyente, y no estuvieron por debajo de ese adjetivo; reconstruyeron la Patria; terminaron con las luchas y unieron indisolublemente al pueblo y a la soberanía, renunciando a todo interés que estuviera por debajo del bienestar de la Nación. 

De esta manera se elaboró nuestra Carta Magna, no sólo para legislar sino para organizar, defender y unir a la Argentina. 

Los nuevos tiempos

La evolución de los pueblos, el simple transcurso de los tiempos, cambian y desnaturalizan el sentido de la legislación dictada para los hombres de una época determinada. Cerrar el paso a nuevos conceptos, nuevas ideas, nuevas formas de vida, equivale a condenar a la humanidad a la ruina y al estancamiento. Al pueblo no pueden cerrársele los caminos de la reforma gradual de sus leyes; no puede impedírsele que exteriorice su modo de pensar y de sentir y los incorpore a los cuerpos fundamentales de su legislación. No podía el pueblo argentino permanecer impasible ante la evolución que las ideas han experimentado de cien años acá. Mucho menos podía tolerar que la persona humana que el caballero que cada pecho criollo lleva dentro, permaneciera a merced de los explotadores de su trabajo y de los conculcadores de su conciencia. Y el límite de todas las tolerancias fue rebasando cuando se dio cuenta que las actitudes negativas de todos los poderes del Estado conducían a todo el pueblo de la Nación Argentina al escepticismo y a la postración moral, desvinculándolo de la cosa pública.

El derecho a la revolución

Las fuerzas armadas de la Nación, intérpretes del clamor del pueblo, sin rehuir la responsabilidad que asumían ante el pueblo mismo y ante la Historia, el 4 de junio de 1943, derribaron cuanto significaba una renuncia a la verdadera libertad, a la auténtica fraternidad de los argentinos.

La Constitución conculcada, las leyes incumplidas o hechas a medida de los intereses contrarios a la Patria; las instituciones políticas y la organización económica al servicio del capitalismo internacional; los ciudadanos burlados en sus más elementales derechos cívicos; los trabajadores a merced de las arbitrariedades de quienes obraban con la impunidad que les aseguraban los gobiernos complacientes. Este es el cuadro que refleja vivamente la situación al producirse el movimiento militar de 1943.

No es de extrañar que el pueblo acompañara a quienes, interpretándole, derrocaban el régimen que permitía tales abusos.

Por eso decía que no pueden cerrárseles los caminos de la reforma gradual y del perfeccionamiento de los instrumentos de gobierno que permiten y aun impulsan un constante progreso de los ciudadanos y un ulterior perfeccionamiento de los resortes políticos. 

Cuando se cierra el camino de la reforma legal nace el derecho de los pueblos a una revolución legítima.

La historia nos enseña que esta revolución legítima es siempre triunfante. No es la asonada ni el motín ni el cuartelazo; es la voz, la conciencia y la fuerza del pueblo oprimido que salta o rompe la valla que le oprime. No es la obra del egoísmo y de la maldad. La revolución en estos casos es legítima, precisamente porque derriba el egoísmo y la maldad. No cayeron éstos pulverizados el 4 de junio. Agazapados, aguardaron el momento propicio para recuperar las posiciones perdidas. Pero el pueblo, esta vez, el pueblo solo, supo enterrarlos definitivamente el 17 de octubre.

La justicia social

Y desde entonces, la justicia social que el pueblo anhelaba, comenzó a lucir en todo su esplendor. Paulatinamente llega a todos los rincones de la Patria, y sólo los retrógrados y malvados se oponen al bienestar de quienes antes tenían todas las obligaciones y se les negaban todos los derechos.

Afirmada la personalidad humana del ciudadano anónimo, aventada la dominación que fuerzas ajenas a las de la soberanía de nuestra Patria ejercían sobre la primera de nuestras fuentes de riqueza, es decir, sobre nuestros trabajadores y sobre nuestra economía; revelada de nuevo el ansia popular de vivir una vida libre y propia, se patentizó en las urnas el deseo de terminar para siempre y el afán de evitar el retorno de las malas prácticas y malos ejemplos que impedían el normal desarrollo de la vida argentina, por cauces de legalidad y de concordia.

El clamor popular que acompañó serenamente a las fuerzas armadas el 4 de junio y estalló pujante el 17 de octubre, se impuso, solemne, el 24 de febrero. 

Tres fechas próximas a nosotros, cuyo significado se proyecta hacia el futuro, y cuyo eco parece percibirse en las generaciones del porvenir. La primera señala que las fuerzas armadas respaldan los nobles deseos y elevados ideales del pueblo argentino; la segunda, representa la fuerza quieta y avasalladora de los pechos argentinos decididos a ser muralla para defender la ciudadela de sus derechos o ariete para derribar los muros de la opresión; y en la última, resplandece la conjunción armónica, la síntesis maravillosa y el sueño inalcanzado aún por muchas democracias de imponer la voluntad revolucionaria en las urnas, bajo la garantía de que la libre conciencia del pueblo sería respaldada por las armas de la Patria. 

La gran tarea

Desde este punto y hora comenzó para la Argentina la tarea de su reconstrucción política, económica y social. Comenzó la tarea de destruir todo aquello que no se ajusta al nuevo estado de la conciencia jurídica expresada tan elocuentemente en las jornadas referidas y confirmada cada vez que ha sido consultada la voluntad popular. Podemos afirmar que hoy el pueblo argentino vive la vida que anhelaba vivir. 

No hubiéramos reparado en nada si para devolver su verdadera vida al pueblo argentino hubiera sido preciso transformar radicalmente la estructura del Estado; pero, por fortuna, los próceres que nos dieron honor, Patria y bandera, y los que más tarde estructuraron los basamentos jurídicos de nuestras instituciones, marcaron la senda que indefectiblemente debe seguirse para interpretar el sentimiento argentino y conducirlo con paso firme hacia sus grandes destinos. Esta senda no es otra que la libertad individual, base de la soberanía; pero ha de cuidarse que el abuso de la libertad individual no lesione la libertad de otros y que la soberanía no se limite a lo político, sino que se extienda a lo económico o, más claramente dicho, que para ser libres y soberanos no debemos respetar la libertad de quienes la usen para hacernos esclavos o siervos. 

Por el instinto de conservación individual y colectivo, por el sagrado deber de defender al ciudadano y a la Patria, no debemos quedar indefensos ante cualquiera que alardeando de su derecho a la libertad quiera atentar contra nuestras libertades. Quien tal pretendiera tendrá que chocar con la muralla que le opondrán todos los corazones argentinos. 

Hasta el momento actual, sólo se habían enunciado los problemas que debían solucionarse de acuerdo a la transformación que el pueblo argentino desea. Ahora, la representación de la voluntad general del pueblo argentino ha manifestado lo que contiene esta voluntad y a fe que no es mucho. Yo, que he vivido con el oído puesto sobre el corazón del pueblo, auscultando sus más mínimos latidos, que me he enardecido con la aceleración de sus palpitaciones y abatido con sus desmayos, podría concretar las aspiraciones argentinas diciendo que lo que el pueblo argentino desea es no tolerar ultrajes de fuera, ni de dentro, ni admitir vasallaje político ni económico; vivir en paz con todo el mundo, respetar la libertad de los demás, a condición de que nos respeten la propia; eliminar las injusticias sociales, amar a la Patria y defender nuestra bandera hasta nuestro último aliento.

Convencido como estoy de que estos son los ideales que encarnan los convencionales aquí reunidos, permitidme que exprese la emoción profunda que me ha producido ver, que para precisar el alcance de anhelo de los Constituyentes del 53 el Partido Peronista haya acordado ratificar en el Preámbulo de la Carta Magna de los argentinos, la decisión irrevocable de constituir lo que siempre he soñado: una Nación socialmente justa, económicamente libre y políticamente soberana.

Con la mano puesta sobre el corazón, creo que este es el sueño íntimo e insobornable de todos los argentinos; de los que me siguen y de los que no tengo la fortuna de verles a mi lado. 

Las reformas

Con las reformas proyectadas por el Partido Peronista, la Constitución adquiere la consistencia de que hoy está necesitada. Hemos rasgado el viejo papelerío declamatorio que el siglo pasado nos transmitió; con sobriedad espartana escribimos nuestro corto mensaje a la posteridad, reflejo de la época que vivimos y consecuencia lógica de las desviaciones que habían experimentado los términos usados en 1853.

El progreso social y económico y las regresiones políticas que el mundo ha registrado en los últimos cien años, han creado necesidades ineludibles; no atenderlas proveyendo a lo que corresponda, equivale a derogar los términos en que fue concebida por sus autores. 

¿Podían imaginar los Constituyentes del 53 que la civilización retrocediera hasta el salvajismo que hemos conocido en las guerras y revoluciones del siglo XX? ¿Imaginaron los bombardeos de ciudades abiertas o los campos de concentración, las brigadas de choque, el fusilamiento de prisioneros, las mil violaciones al derecho de gentes, los atentados a las personas y los vejámenes a los países que a diario vemos en esta posguerra interminable? Nada de ello era concebible. Hoy nos parece una pesadilla, y los argentinos no queremos que estos hechos amargos se puedan producir en nuestra Patria. Aún más: deseamos que no vuelvan a ocurrir en ningún lugar del mundo. ¡Anhelamos que la Argentina sea el reducto de las verdaderas libertades de los hombres y la Constitución su imbatible parapeto! 

Orden interno

En el orden interno, ¿podían imaginarse los Convencionales del 53 que la igualdad garantizada por la Constitución llevaría a la creación de entes poderosos, con medios superiores a los propios del Estado? ¿Creyeron que estas organizaciones internacionales del oro se enfrentarían con el Estado y se negarían a sojuzgarle y a extraer las riquezas del país? ¿Pensaron siquiera que los habitantes del suelo argentino serían reducidos a la condición de parias obligándoles a formar una clase social pobre, miserable y privada de todos los derechos, de todos los bienes, de todas las ilusiones y de todas las esperanzas? ¿Pensaron que la máquina electoral montada por los que se apropiaron de los resortes del poder llegaría a poner la libertad de los ciudadanos a merced del caudillo político, del "patrón" o del "amo", que contaba su "poderío electoral" por el número de conciencias impedidas de manifestarse libremente?

Hay que tener el valor de reconocer cuándo un principio aceptado como inmutable pierde su actualidad. Aunque se apoye en la tradición, en el derecho o en la ciencia, debe declararse caduco tan pronto lo reclame la conciencia del pueblo. Mantener un principio que ha perdido su virtualidad, equivale a sostener una ficción.

Con las reformas propiciadas pretendemos correr definitivamente un tupido velo sobre las ficciones que los argentinos de nuestra generación hemos tenido que vivir. Deseamos que se desvanezca el reino de las tinieblas y de los engaños. Aspiramos a que la Argentina pueda vivir una vida real y verdadera. Pero esto sólo puede alcanzarse si la Constitución garantiza la existencia perdurable de una democracia verdadera y real.

El ideal revolucionario

La demostración más evidente de que la conquista de nuestras aspiraciones va por buen camino la ofrece el hecho de que se reúne el Congreso Nacional Constituyente después de transcurridos más de cinco años y medio del golpe de fuerza que derribó el último gobierno oligárquico. La acción revolucionaria no hubiera resistido los embates de la pasión, de la maldad y de odio si no hubiese seguido la trayectoria inicial que dio impulso y sentido al movimiento. La idea revolucionaria no hubiera podido concretarse en un molde constitucional de no haber podido resistir las críticas, los embates y el desgaste propios de los principios cuando chocan con los escollos que diariamente salen al paso del gobernante. Los principios de la revolución no se hubieran mantenido si no hubiesen sido el fiel reflejo del sentimiento argentino. 

Muy profunda ha de ser la huella impresa en la conciencia nacional por los principios que rigen nuestro movimiento cuando en la última consulta electoral el pueblo los ha consagrado otorgándoles amplios poderes reformadores. Y de esta Asamblea que hoy inicia su labor constructiva debe salir el edificio que la Nación entera aguarda para alojar dignamente el mundo de ilusiones y esperanzas que sus auténticos intérpretes le han hecho concebir. 

En este momento se agolpan en mi mente las quimeras de nuestros próceres y las inquietudes de nuestro pueblo. Los episodios que han jalonado nuestra historia. La lucha titánica desarrollada en los casi ciento treinta y nueve años transcurridos desde el alumbramiento de nuestra Patria. La emancipación, los primeros pasos para organizarse, las discordias civiles, la estructuración política, los anhelos de independencia total, la entrega a los intereses foráneos, la desesperación del pueblo al verse sojuzgado económicamente y el último esfuerzo realizado por romper toda atadura que nos humillara y toda genuflexión que nos ofendiera. 

Todo esto desfila por mi mente y golpea mi corazón con igual ímpetu que percute y exalta vuestro espíritu. Y pienso en los fútiles subterfugios que se han opuesto a las reformas proyectadas. Y veo tan deleznables los motivos y tan envueltas en tinieblas las sinrazones, que ratifico, como seguramente vosotros ratificáis en el altar sagrado de vuestra conciencia, los elevados principios en que las reformas se inspiran y las serenas normas que concretan sus preceptos.

Y consciente de la responsabilidad que a esta Magna Asamblea alcanza, os exhorto a que ningún sórdido interés enturbie vuestro espíritu y ningún móvil mezquino desvíe vuestro derrotero. Que salga limpia y pura la voluntad nacional. ¡Así añadiréis un galardón más de gloria a nuestra Patria! 

Interés supremo de la Patria

En los grandes rasgos de las reformas proyectadas por el Partido Peronista, se perfila clara la voluntad ciudadana que ha empujado nuestros actos. 

Cuando al crearse la Secretaría de Trabajo y Previsión se inició definitivamente la era de la política social, las masas obreras argentinas siguieron esperanzadamente la cruzada redentora que de tanto tiempo atrás anhelaban. Vieron claro el camino que debía recorrerse. En el discurso del día 2 de diciembre de 1943 afirmaba que "por encima de preceptos casuísticos, que la realidad puede tornar caducos el día de mañana, está la declaración de los altísimos principios de colaboración social". El objeto que con ello perseguía era: robustecer los vínculos de solidaridad humana, incrementar el progreso de la economía nacional, fomentar el acceso a la propiedad privada, acrecer la producción en todas sus manifestaciones y defender al trabajador mejorando sus condiciones de trabajo y de vida.

Al volver la vista atrás y examinar el camino recorrido desde que tales palabras fueron pronunciadas, no puedo menos que preguntar a los esforzados hombres de trabajo de mi Patria entera si, a pesar de todos los obstáculos que se han opuesto al logro de mis aspiraciones he logrado o no lo que me proponía alcanzar.

Y cotejando este programa mínimo, esbozo de la primera hora, cuando era tan fácil prometer sin tasa ni medida, ¿no es cierto que se nota una completa analogía con los rasgos esenciales de la reforma que el peronismo lleva al Congreso Constituyente? La mesura con que Dios guió mis primeros pasos es equiparable a la prudencia que inspira las reformas proyectadas.

Si así no hubiera sido, tened la absoluta certeza, de que, como jefe del partido, no hubiera consentido que se formularan. En toda mi vida política he sostenido que no dejaré prevalecer una decisión del partido que pueda lesionar en lo más mínimo el interés supremo de la Patria. Creed que esta afirmación responde al más íntimo convencimiento de mi alma, y que fervientemente pido a Dios que mientras viva me lo mantenga. 

Había pensado en la conveniencia de presentar ante Vuestra Honorabilidad el comentario de las reformas que aparecen en el anteproyecto elaborado por el Partido Peronista. Desisto, sin embargo, de la idea porque exigiría un tiempo excesivo. Por otra parte, la explicación se encuentra sintetizada en el propio anteproyecto y desarrollada ampliamente por mí en un discurso que ha tenido amplia difusión.

La presencia de los pueblos

Señores: La comunidad nacional como fenómeno de masas aparece en las postrimerías de la democracia liberal. Ha desbordado los límites del ágora política ocupada por unas minorías incapaces de comprender la novedad de los cambios sociales de nuestros días. El siglo XIX descubrió la libertad, pero no pudo idear que ésta tendría que ser ofrecida de un modo general, y que para ello era absolutamente imprescindible la igualdad de su disfrute.

Cada siglo tiene su conquista, y a la altura del actual debemos reconocer que así como el pasado se limitó a obtener la libertad, el nuestro debe proponerse la justicia.

El contenido de los conceptos Nación, sociedad y voluntad nacional no era antes lo que es en la actualidad. Era una fuerza pasiva; era el sujeto silencioso y anónimo de veinte siglos de dolorosa evolución. Cuando este sujeto silencioso y anónimo surge como una masa, las ideas viejas se vuelven aleatorias, la organización política tradicional tambalea. 

Ya no es posible mantener la estructuración del Estado en una rotación entre conservadores y liberales. Ya no es posible limitar la función pública a la mera misión del Estado-gendarme. No basta ya con administrar: es imprescindible comprender y actuar. Es menester unir; es preciso crear.

Cuando esa masa planta sus aspiraciones, los clásicos partidos turnantes averiguan que su dispositivo no estaba preparado para una demanda semejante. Cuando la democracia liberal divisa al hombre al pie de su instrumento de trabajo, advierte que no había calculado sus problemas, que no había contado con él, y, lo que es más significativo, que en lo futuro ya no se podrá prescindir del trabajador.

Lo que los pueblos avanzan en el camino político, puede ser desandado en un día. Puede desviarse, rectificarse o perderse lo que en el terreno económico se avanza. Pero lo que en el terreno social se adelante, esto no retrocede jamás.

Democracia social

Y la democracia liberal, flexible en sus instituciones para retrocesos y discreteos políticos y económicos, no era igualmente flexible para los problemas sociales; y la sociedad burguesa, al romper sus líneas ha mostrado el espectáculo impresionante de los pueblos puestos de pie para medir la magnitud de su presencia, el volumen de su clamor, la justicia de sus aspiraciones. 

A la expectación popular sucede el descontento. La esperanza en la acción de las leyes se transforma en resentimiento si aquéllas toleran la injusticia. El Estado asiste impotente a una creciente pérdida de prestigio. Sus instituciones le impiden tomar medidas adecuadas y se manifiesta el divorcio entre su fisonomía y la de la Nación que dice representar. A la pérdida de prestigio sucede la ineficacia, y, a ésta, la amenaza de rebelión, porque si la sociedad no halla en el poder el instrumento de su felicidad, labra en la intemperie el instrumento de la subversión.

¡Esto es el signo de la crisis! 

El caso de los absolutismos abrió a las iniciativas amplio cauce; pero las iniciativas no regularían por sí mismas los objetivos colectivos, sino los privados. 

Mientras se fundaban los grandes capitalismos, el pueblo permaneció aislado y expectante. Después, frente la explotación, fortaleció su propio descontento.

Hoy no es posible pensar organizarse sin el pueblo, ni organizar un Estado de minorías para entregar a unos pocos privilegiados la administración de la libertad. Esto quiere decir que de la democracia liberal hemos pasado a la democracia social. 

Nuestra preocupación no es tan sólo crear un ambiente favorable para que los más capaces o los mejor preparados labren su prosperidad, sino procurar el bienestar de todos. Junto al arado, sobre la tierra, en los talleres y en las fábricas, en el templo del trabajo, donde quiera que veamos al individuo que forma esas masas, al descamisado, que identifica entre nosotros nuestra orgullosa compresión del acontecimiento de nuestro siglo, se halla hoy también el Estado.

Nuestro apoyo 

El Estado argentino de hoy tiene ahí puesta su atención y su preocupación. La felicidad y el bienestar de la masa son las garantías del orden, son el testimonio de que la primera consigna del principio de autoridad en nuestra época ha sido cumplida.

Queden con su conciencia los que piensan que el problema puede solucionarse aprisionando con mano de hierro las justas protestas de la necesidad o los que quieren convertir la Nación en un rencoroso régimen de trabajos forzados sin compensaciones y sin alegrías.

Nosotros creemos que la fe y la experiencia han iluminado nuestro pensamiento, para permitirnos extraer de esa crisis patética de la humanidad las enseñanzas necesarias. 

Esa masa, ese cuerpo social, ese descamisado que estremece con su presencia la mole envejecida de las organizaciones estatales que no han querido aún mortificarse ni progresar es, precisamente, nuestro apoyo, es la causa de nuestros trabajos, es nuestra gran esperanza. Y esto es lo que da, precisamente, tono, matiz y sentido a nuestra democracia social. 

Perfeccionar la libertad 

Señores: Estamos en este recinto unidos espiritualmente en el gran anhelo de perfeccionar la magna idea de libertad, que las desviaciones de la democracia liberal y su alejamiento de lo humano hicieron imposible. 

Cuando el mundo vive horas de dolorosa inquietud, nos enorgullece observar que lo que impulsa y anima nuestra acción es la comunidad nacional esperanzada. Conscientes de la trascendencia del momento, del signo decisivo de esa época en que nos hallamos, queremos hacernos dignos de su confianza. 

Señores Convencionales: Termino mis palabras con las que empieza y seguirá empezando nuestra Constitución: ¡Invoco a Dios, fuente de toda razón y justicia, para que os dé el acierto que los argentinos esperamos y que la Patria necesita!

JUAN DOMINGO PERON

jueves, 15 de febrero de 2024

A 127 años de la Batalla de Ombú

 



La batalla de Ombú fue un enfrentamiento ocurrido el 15 de febrero de 1827 entre las tropas del Ejército Argentino y las del Imperio del Brasil ―en el marco de la guerra rioplatense-brasileña por el control de la Banda Oriental, en manos brasileñas desde 1824. Tres días después de la batalla de Bacacay, el general Lucio Norberto Mansilla atacó con 350 hombres a caballo y 1800 efectivos de infantería a la caballería de Bento Manuel Ribeiro, que contaba con 347 jinetes.


El terreno escabroso destruyó los caballos de las fuerzas argentinas, de modo que el jefe enemigo rechazó el ataque en primera instancia. Finalmente se lanzó nuevamente el ataque y tras una larga lucha, en la cual se destacó también el coronel José Valentín de Olavarría, los brasileños fueron vencidos.


A Mansilla el éxito le valió la condecoración del gobierno federal, y la designación de jefe del Estado Mayor de Carlos María de Alvear, comandante de las fuerzas argentinas.



La batalla de Ombú[editar]

Dos días después de la sableada que había aplicado Lavalle a las fuerzas brasileñas comandadas por el General don Bento Manuel Ribeiro, ante la persistencia del jefe paulista, el General Alvear encomendó al General Lucio Norberto Mansilla darle el escarmiento necesario. El encuentro se produjo en el arroyo Ombú. Mansilla contaba con 800 hombres de caballería, en tanto que el General Ribeiro conducía 1200 soldados. Tras una desordenada carga patriota que facilitó a la caballería enemiga formar un gran semicírculo que puso en peligro el ataque argentino, la rápida reacción del ayudante del General Mansilla, don Segundo Roca, al quitarle el clarín al trompa de órdenes el cual estaba dispuesto a tocar retirada, permitió que un Escuadrón del Regimiento 16 de Caballería, a órdenes del coronel Olavarría, efectuara una carga con tal ímpetu que frenó la acción brasileña. Esto permitió rehacer la carga propia y provocó la detención del empuje brasileño. El ataque enemigo pronto se transformó en retirada y luego en desordenada fuga.


El silencio de un corneta y la valentía de Olavarría hacen el día[editar]

Luego de la batalla de Bacacay... Alvear dispuso escarmentar a las tropas brasileñas por segunda vez.


La tarea fue encomendada al general Lucio Mansilla y dos días después de producido el combate de Bacacay se toparon argentinos y brasileños en el arroyo Ombú. Mansilla contaba con 800 hombres, todos de caballería: 100 del Regimiento 1º (comandante José María Cortina), 100 del Regimiento n.º 2 (capitanes Albarracín y Martín), 300 del Regimiento n.º 8 (coronel Zufriategui), 200 del Regimiento nº16 (coronel Olavarría) y el Escuadrón de Coraceros (teniente coronel Medina). El coronel Ribeiro conducía a 1200 soldados.


Antes de relatar el combate debe efectuarse una precisión: Mansilla había ascendido -como Alvear- sin atender a la escala orgánica y merced en gran parte a la política. No había comandado en batalla a numerosos efectivos. En efecto, tras su paso por el Ejército de los Andes, con el grado de mayor se incorporó al ejército entrerriano de Ramírez luego de la batalla de Cepeda (1820), al frente de cuya infantería contribuyó a derrotar a Artigas. Abandonando a su jefe, ya teniente coronel, se apoderó del gobierno de Entre Ríos, desbaratando los intentos del general López Jordán por mantener la República Entrerriana. Fue entonces ascendido a coronel. Y en vísperas de abrirse la campaña contra el Imperio de Brasil, tras desempeñar una diputación en el Congreso Nacional, recibió entorchados de general. Por eso, Alvear -olvidado de su propia trayectoria- lo calificaba de "general de bochinche". Veamos ahora los testimonios de un par de actores en el combate de Ombú.


El capitán Domingo Arrieta en sus Memorias recordaba lo que sucedió cuando se avistó a los imperiales ocupando unas pequeñas alturas, al salir el sol el día 15:


Nuestro general Mansilla, desde el momento que los vio, mandó la nunca bien ponderada maniobra de formar toda la división en una sola columna por escuadrones y marchar desde la gran distancia en que aún nos hallábamos del enemigo, al aire de galope, en un terreno que por lo pedregoso, desigual y lleno de arbustos, hubiera sido muy dificultoso hacerlo al paso. Este violento orden de marcha hizo que se perdiese todo orden de formación. Desbandados nuestros escuadrones, tanto por el cansancio de nuestros caballos como por la pendiente del terreno, más parecía una división en completa derrota que tropa que iba a batirse con el enemigo.


Regimiento de caballería nº16 "Lanceros de Olavarría"


Fue creado por decreto de 4 de agosto de 1826 designándose para su mando y organización al Coronel José Olavarria. El vistoso uniforme agregado, pertenece a su jefe, aunque se cree que, a pesar del decreto del 5 de julio de 1826, sus soldados lo usaron, según algunas referencias. Este regimiento hizo toda la campaña del Brasil con brillante actuación, disolviéndose a su regreso. Fuente: Uniformes de la Patria del Comando en Jefe del Ejército – Círculo Militar.


Con todo, los brasileños, ante la fogosa carga que se les iba encima, se replegaron a un llano en la retaguardia y formaron su línea sobre la margen izquierda del arroyo Ombú. Cuando llegaron allí los jinetes argentinos lo hicieron -según Arrieta- "en estado de no haber un solo caballo que pudiese galopar".


El general Mansilla ordenó al coronel Juan Zufriategui que atacara la línea enemiga con su Regimiento (compuesto en gran parte por antiguos Dragones de Rivera). Lo que sigue integra los Recuerdos del entonces teniente José María Todd:


Salió el n.º 8 en son de carga, y en el acto se desprendió otro regimiento enemigo que cargó con decisión, pero con mal instinto, pues a una cuadra dio la voz de carga. Nuestro regimiento, en vez de aprovechar esa chambonada que había desorganizado la línea enemiga, echó a correr con toda ignominia. Felizmente tomó en su disparada una línea diagonal que descubrió el frente de los vencedores.


Aprovechando la oportunidad, Bento Manoel rodeó con su caballería a los cuerpos argentinos y se dispuso a concluirlos. Prosigue relatando el capitán Arrieta:


Aprovechándose los brasileños de la gran superioridad que sobre nosotros le daba el descanso en que estaban sus caballadas, maniobraron como quisieron, y formando una especie de círculo nos encerraron dentro de él, sin ser bastante a impedirlo la desesperada oposición que hicimos. ¡Ya no había remedio: todos éramos perdidos!


El general Mansilla se dispuso a abandonar la lucha. Pero en ese instante se produjo un hecho que resultó trascendental, según reveló en 1857 el después general Jerónimo Espejo, a la sazón integrante del Estado Mayor de Alvear:


En este combate, envueltos nuestros escuadrones casi en derrota, cuando el corneta del General iba a tocar la señal de retirada, Roca [su ayudante don Segundo] le quitó el clarín de la boca, y esta acción atrevida dio lugar a que un escuadrón nuestro diese otra carga al enemigo.


El coronel Olavarría, del 16, jefe valiente y práctico en las ocasiones de choques parciales, mediante una serie de combates en que se había encontrado y siempre distinguido en la guerra de la Independencia, restableció el orden y obtuvo un triunfo sobre el adversario.


De ahí en adelante se modificó la situación, aunque indica Todd "que estábamos admirados de encontrar una resistencia a la que no estábamos acostumbrados: debo confesar que los brasileños pelearon como bravos". Por fin los paulistas emprendieron su retirada al galope, perseguidos ahora por los argentinos, "causándoles el daño que no supieron hacernos", comenta Arrieta. En su fase final, la caballería riograndense convirtió su carrera en una auténtica fuga. Un último detalle ofrece Todd:


El paso preciso del arroyo que debían vadear era bastante ancho, pero como se habían aglomerado todos en completo desorden, se estorbaban unos a otros y pudimos llegar a tiempo y causarles una gran mortandad. Allí por primera vez se vio el gran efecto que producían las lanzas, arma muy mal recibida por nuestros soldados, especialmente por los salteños que se creían degradados por ella, pues solo la usaron los gauchos en la guerra de la Independencia a falta de otra arma; pero en esta pelea y recorriendo los muertos enemigos, casi todos estaban heridos de lanza: adquirió fama esta arma.


Los imperiales tuvieron 173 muertos y 46 heridos. Las bajas propias fueron de 54 muertos y 31 heridos, y el coronel Zufriategui sufrió grave descrédito, recogido en los testimonios de Paz, Iriarte y Todd.


En cuanto a Bento Manuel Ribeiro, fue alejado de las operaciones tras sus dos contrastes sucesivos, perdiendo contacto con los argentinos hasta el día de la batalla de Ituzaingó (en la cual no participó), causando su conducta una impresión desagradable entre sus camaradas.


lunes, 27 de marzo de 2023

Perón le escribía al Doctor Edgar Sá, hace 56 años.

 



Carta al Dr. Edgar Sá 27 de marzo de 1967 


Escrito por Juan Domingo Perón. 


Madrid, 27 de marzo de 1967.


Al Dr. Edgar Sá


Buenos Aires


Mi querido amigo:


He recibido su carta del 22 de febrero pasado y le agradezco sus amables palabras como su saludo que retribuyo con el mayor afecto.


He leído con detenimiento las "Reflexiones para Servir al Reencuentro de los Argentinos" que me adjunta a su carta como una continuación del memorándum que contestara en mi anterior y lo encuentro, de una manera general, encaminado hacia una mayor grandeza en la concepción de un posible reencuentro de las tendencias afines que actúan en el panorama nacional. Con hipótesis más lógicas y mejor encaminado hacia cuestiones objetivas que pueden cristalizar positivamente, si se las realiza racionalmente y encaminadas hacia objetivos y no a los hombres.


Estas iniciativas proliferan hoy en la Argentina, desde distintos orígenes políticos y con los más variados designios. Los procedimientos desaprensivos de la dictadura militar, es posible que los multiplique en el futuro cercano. Las distintas fuerzas políticas que, no pueden morir por decreto, buscan articularse en agrupaciones mayores y más populares, lo que las impulsa a establecer contacto con el Justicialismo, intentando acuerdos para una acción común.


Nosotros, interpretando como indispensable el mencionado reencuentro entre los argentinos, como proclives a un entendimiento, siempre que se trate de algo diferente a lo que se ha venido realizando hasta ahora: maniobras por el poder, que luego en los hechos han probado que llegar al poder para fracasar no puede ser solución para el país que es, en último análisis, lo que se debe buscar cuando se ha llegado a una situación límite como la actual. Creo que todo es posible, pero no todo conduce a los fines constructivos que necesariamente impone el estado calamitoso en que se desenvuelve la Comunidad Argentina.


Es indudable que en el estado evolutivo del mundo actual, no quedan sino dos filosofías políticas: la cristiana y la marxista, que conducen también a dos ideologías diferentes: un socialismo nacional cristiano y un socialismo internacional dogmático (comunismo). Nuestro país se encuentra abocado a tomar uno de esos caminos. Por eso hace veinte años el Peronismo intentó realizar lo primero y por un método incruento, utilizando la evolución acelerada. La Revolución gorila, apoyada por la coalición de la sinarquía internacional y los cipayos vernáculos, nos pararon los pies. Desde entonces el país se ha ido acercando peligrosamente a la guerra civil y al comunismo.


Frente a esta disyuntiva no queda mucho que elegir; pero son las formas de ejecución las que deben interesarnos porque de ellas dependerá mucho el éxito o el fracaso de cuanto se intente. La actual dictadura militar con sus tremendas incongruencias no hace sino impulsarnos hacia el abismo. Yo personalmente no dudo de sus buenas intenciones, pero no olvido al contemplar su acción que "el camino que conduce al infierno, está empedrado de buenas intenciones". Cuando intentemos tomar un camino en procura de soluciones, deberemos tener cuidado de no caer en lo mismo.


Personalmente, con la colaboración de miles de personas calificadas, me tocó preparar la Revolución Justicialista, durante los años 1944, 1945 y 1946. En consecuencia sé lo que eso implica y el esfuerzo que este trabajo impone. De manera que, cuando imagino lo que habría que hacer hoy con la misma finalidad, se me presenta en la imaginación una procesión de obs­táculos casi insuperables que, si se desea llegar al éxito, habrá que luchar decididamente. Por eso, yo que pienso más que nada en los resultados, no veo inconvenientes en los acuerdos de cualquier tipo que conduzcan a la posibilidad de "realizar el milagro", pero pienso que eso es sólo un medio y que, en consecuencia, conseguido ese medio, nos quedaría aún "el rabo por desollar".


Afortunadamente, en mi situación personal, estoy ya por sobre del bien y del mal, de manera que únicamente me atrae la posibilidad de ser útil al país y al Pueblo Argentino. Dentro de esos objetivos, estoy pronto a auspiciar cualquier idea constructiva siempre que ella se inspire en la mayor grandeza y en el mayor de los renunciamientos, sin los cuales nada se podrá intentar en forma que los argentinos tengan algo que agradecernos. La actual dictadura militar está demostrando que será funesta para el porvenir porque ni sus orientaciones, ni sus hombres, ni sus improvisaciones, pueden conformar a nadie que tenga un mínimo de sensibilidad e imaginación. Pero, desde hace once años, nos hemos tropezado invariablemente con lo mismo a través de cuatro engendros gubernativos diferentes en los hombres, pero iguales en su incapacidad y en su sordidez.


Si tuviera veinte años menos, yo no cedería el lugar a nadie, pero a la altura de mi vida, no deseo otra cosa que aparezca el hombre que sea capaz de realizar lo que mi gran experiencia me ha enseñado, lo que mi sensibilidad me aconseja y lo que mi imaginación me inspira, frente al cuadro lamentable que la Patria presenta, ya que en el último acto del drama que le ha tocado vivir a su Pueblo en estos once años de verdadera vergüenza nacional. Nuestros compatriotas que viajan por Europa evitan decir que son argentinos y después de la última reunión de la O.E.A. en Buenos Aires, son muchos más los que intentan ocultar su vergüenza.


He conversado largamente con el Compañero Alberte que, en mi nombre, podrá informarle detalladamente sobre este asunto. El como yo es un soldado que, aunque como yo haya perdido los atributos formales del oficio, no por eso ha dejado de serlo en el verdadero sentido de la palabra. Por eso comprenderá y penetrará profundamente en el pensamiento de los oficiales que promueven esta iniciativa y estará en condiciones, aún mejor que yo, de apreciar y resolver lo que mejor convenga.


Muy agradecido de su amabilidad por cuánto está haciendo por nuestro Movimiento y la causa que servimos, le pido que siga de cerca este diligenciamiento que bien pudiera ser constructivo y eficaz en un futuro que se acerca velozmente. Saludos a todos los compañeros.


Un gran abrazo.


Firmado: Juan D. Perón.


jueves, 28 de octubre de 2021

Hace 54 años Perón le escribía esta carta a Alberto Aseff: "todo parece encaminarse hacia un desastre imprevisible"

 Carta a Don Alberto E. Asseff 28 de octubre de 1967



Escrito por Juan Domingo Perón. 


Madrid, 28 de octubre de 1967


Señor Don Alberto E. Asseff


Buenos Aires


Estimado amigo:


Por mano y amabilidad del Doctor Don Jerónimo Remolino he recibido sus cartas del 8 de setiembre y del 3 de octubre y le agradezco su amabilidad y su saludo que retribuyo con mi mayor afecto.


Con referencia al contenido de las mismas —que comparto en toda su extensión— no hace sino reafirmarme en la más profunda convicción de llegar cuanto antes a la formación de un gran movimiento nacional, en el que sus dirigentes posean la suficiente grandeza como para alcanzar la necesaria unión y solidaridad y que, sobreponiéndose a todo lo subalterno, quieran ponerse al servicio exclusivo del país.


Los hechos han sido demasiado elocuentes como para demostrar esa necesidad: al actual estado de cosas se ha llegado precisamente por una fragmentación interesada del Pueblo Argentino para que, empeñado en una lucha inconsulta entre sus diferentes fracciones, diera lugar a las Fuerzas Armadas para copar el poder, reemplazando así a la civilidad en el quehacer político. Por eso, mucho de culpa tenemos todos nosotros y, si siguiéramos en tales enfrentamientos suicidas, no haríamos sino consolidar su posición y afirmar una larga dictadura con funestas consecuencias para el país.


El problema argentino ha sido y sigue siendo eminentemente político desde 1955, agravado ahora por la existencia de esta dictadura, y en tanto se mantengan las actuales circunstancias, ni siquiera se puede pensar en soluciones, porque ninguna solución puede comenzar sin haber restituido al Pueblo la soberanía que ha perdido.


El país ha retrocedido veinte años y todo parece encaminarse hacia un desastre imprevisible. Pero lo realmente desesperante es que estamos en presencia de un desaliento nacional de cuyo pesimismo poco podemos esperar. Todos anuncian el fracaso de la dictadura pero pocos son los que ponen empeño para ponerle remedio. Un pueblo que asista impasible a semejante situación sólo se puede explicar porque haya perdido sus valores esenciales. Yo tengo fe en el Pueblo Argentino y espero confiado en que ha de reaccionar para imponer las decisiones que corresponden. Es para ello que considero indispensable la unión de todos los argentinos, cualquiera sea su posición política o ideológica, para ponerse en defensa de todo lo que hemos ido perdiento moral y materialmente.


La actual coyuntura nacional no da otra opción; hoy es preciso tomar partido decidido en uno de los bandos: de un lado los que defienden la justicia social, la independencia económica y la soberanía popular y nacional, del otro, los que creen más conveniente que el país sea satélite del imperialismo; de un lado, los que creen que debemos ser nosotros los que manejemos nuestra economía, del otro, los que piensan que somos incapaces de eso y anhelan que sea manejada por el Fondo Monetario Internacional o los grandes monopolios; de un lado, los que pensamos que el Gobierno de los argentinos debe ser elegido por el Pueblo y, del otro, los que creen que eso ha de ser decidido por el Pentágono o por el State Departament.


Lo lamentable es que esta "Revolución Argentina", que ha comprometido el honor de los generales, jefes y oficiales de las Fuerzas Armadas, se encuentre precisamente colocada en contra de su Pueblo, porque está precisamente en el segundo de los bandos antes mencionados.


Frente a este panorama es que la juventud de nuestros días, si ha de estar a la altura de su misión y responsabilidad, debe despertar ante una realidad tan agobiadora. Ella tiene el inalienable derecho de luchar por su destino ya que ella será la que ha de gozar o sufrir las consecuencias del quehacer actual. Si desentendiéndose egoísta del deber de la hora, deja a los demás hacer lo que también ella debe realizar, habrá perdido para siempre hasta el derecho de lamentarse.


El mundo Vive la etapa de los grandes movimientos nacionales que vemos proliferar en toda la extensión de la Tierra, espe­cialmente en los países más evolucionados, aunque en todas partes existen aún las fuerzas reaccionarias que, aferradas a un pasado perimido, luchan por subsistir. Nosotros tampoco escapamos a esa circunstancia y también deberemos enfrentar una insidiosa lucha para lograr nuestros objetivos. No debe extrañar entonces que sea preciso, como Usted dice en su carta, clarificar conceptos a fin de evitar que ciertos malentendidos distorsionen el noble fin en que nos empeñamos.


En cuanto a una presunta pasividad del Movimiento Justicialista responde a una necesidad orgánico funcional de poner al día los dispositivos un tanto quebrantados por la larga lucha. No hay que olvidar que nuestro movimiento ha debido enfrentar los intentos de destrucción, por la violencia primero y luego por la "integración", la disociación o la absorción. Durante largos años, los diferentes Gobiernos, han hecho objeto a nuestro movimiento de la persecución más despiadada y las consecuencias de tal persecución, a la larga, se han hecho sentir sobre nuestro complejo orgánico y sobre el espíritu de lucha de sus hombres. El más elemental sentido, impone una reestructuración y afirmación orgánica, antes de empeñar una acción como la que nos proponemos.


Sobre el "maquiavelismo de Perón" es una leyenda tonta, de las que se hacen circular con fines inconfesables. No creo que yo haya sido ni más maquiavélico ni más hábil que los demás políticos de nuestro tiempo. Lo que ocurre es que siempre he tratado de luchar con la verdad y la justicia por escudo y eso, a menudo suele tener algunas ventajas. Cuando en 1943 se preparaba la Revolución Justicialista, hablamos con la mayoría de los dirigentes políticos, muchos de ellos nos apoyaron: eran los que pensaban más en el país que en ellos mismos; otros nos descargaron la más cerrada oposición: eran los que pensaban más en ellos que en la Patria. Si entonces, las fuerzas políticas se dividieron, no hay que atribuir eso al "maquiavelismo de Perón" sino a la comprensión de los hombres. Usted ve que han pasado casi veinticinco años y ahora estamos en lo mismo.


Sobre "la necesidad de que Perón sea aceptado por todos" que Usted menciona en su carta como condición previa para la "indispensable recomposición de la Comunidad Nacional" no será muy fácil de alcanzar porque, cuantos sigan obedeciendo el mandato de la sinarqpía internacional y la presión cipaya, no dejarán de utilizar los medios que sean necesarios para mantener lo que Usted llama "esta estúpida lucha". Como comprenderá, hace ya demasiados años que me encuentro empeñado en una lucha sin cuartel contra el neocolonialismo imperialista y, mientras éste tenga servidores en el país, yo tendré enemigos, ya que por naturaleza y por costumbre, yo no puedo servir más que a una bandera.


No creo, en cambio, que la unión de los argentinos sea difícil si se consigue concitar una conducta honesta al servicio de nuestra Patria que tanto lo necesita en estas horas. Nosotros, los justicialistas, estamos dispuestos a ello. Sólo queda ahora materializar en los hechos una unión solidaria y efectiva para lo cual deberemos descartar suspicacias negativas que, cuando se obra de buena fe, ante móviles superiores, no tiene razón de ser.


Si nuestras juventudes, libres de pasiones, prejuicios y malos recuerdos, se lanzan a la acción decididas y enérgicas, no tendrán obstáculos. En cambio, merecerán el reconocimiento de todos los argentinos. Ustedes, los jóvenes, representan el porvenir que es precisamente lo que está en juego y cuando la suerte de la República está comprometida, como en la Esparta de Licurgo, no puede haber delito más infamante para un ciudadano que no estar en uno de los bandos en lucha, como no sea el de estar en los dos.


Le ruego que, con mis mejores deseos, acepte mi saludo más afectuoso.


Firmado: Juan Perón.


miércoles, 22 de abril de 2020

Se cumplen 157 años del Combate de Chumbicha





El combate de Chumbicha, o más propiamente los combates de Chumbicha, tuvieron lugar en ese paraje catamarqueño en abril de 1863. La victoria de la alianza de gobernadores afectos al partido liberal permitió quebrar la ofensiva federal en el norte y preparar la posterior invasión a la provincia de La Rioja, núcleo de la resistencia contra el gobierno nacional.


Vencedor el partido liberal en Pavón y electo Bartolomé Mitre presidente de la República Argentina, el caudillo federal Ángel Vicente Peñaloza manifestó al nuevo mandatario su voluntad de dar por superados los conflictos civiles en la nación. No obstante, las desconfianzas, provocaciones y acusaciones mutuas entre partidos continuaron, especialmente en el norte argentino, y finalmente un destacamento federal al mando de Fructuoso Ontiveros y Juan Gregorio Puebla, antiguos comandantes de Peñaloza, invadieron la provincia de San Luis derrotando a Juan Loyola en la batalla de Río Seco (20 de marzo de 1863) y en el combate de Higueritas.


Por su parte, los caudillos federales Carlos Ángel y Felipe Varela salieron rumbo a la provincia de Catamarca pero en el Departamento Capital, fueron derrotados el 31 de marzo en el combate de La Callecita por el Comandante de Armas de la provincia Víctor Maubecín.

Forzado Peñaloza por la situación y exigido de entregar como muestra de lealtad a sus hombres, el 16 de abril de 1863 lanzó desde su estancia una proclama conocida como el "Grito de Guaja" llamando al levantamiento.

El gobierno nacional tenía ahora la excusa para acabar con los restos del movimiento vencido y sus partidarios en las provincias del norte, liderados por Manuel Taboada, no esperaron. Se encontraban ya reunidos en Catamarca los mandatarios de las provincias de Catamarca (Ramón Rosa Correa), Tucumán (José María del Campo) y Santiago del Estero (Manuel Taboada) y el mismo día de la proclama de Peñaloza dirigieron a Mitre una carta enunciando que ante lo que consideraban el reinicio de la guerra civil asumían "el deber de concurrir con todos los elementos de las Provincias que mandan a ahogarla en su cuna".

Taboada fue nombrado Comandante en Jefe de las milicias de las provincias aliadas y marchó con sus hombres derrotando el 21 de abril en el Combate de Huillapima (o Villaprima) a unos 200 hombres de la vanguardia de Felipe Varela en el Departamento Capayán, provincia de Catamarca.

Combates de Chumbicha

Al día siguiente, 22 de abril de 1863, Taboada alcanzó con sus hombres la frontera de la provincia aliada. En la localidad limítrofe de Chumbicha, aún en el Departamento Capayán, sorprendió una división de caballería de unos 200 soldados al mando de Calaucha y Ardiles, subalternos de Carlos Ángel. Taboada cargó sobre la vanguardia enemiga y tras derrotarlos los persiguió tenazmente: "El ataque fue recio y correspondió a mis esperanzas; los caudillos trataron de resistirse y tuvieron que ceder el campo a nuestros bravos".

Inmediatamente, Taboada marchó contra la división principal del teniente coronel Carlos Ángel, quien acompañado por otros comandantes de las montoneras y con unos 700 hombres marchaba desde Belén (Catamarca) para unirse con Felipe Varela, quien ocupaba las localidades de San Pedro y Capayán.

Taboada relataría en su parte el encuentro de la siguiente manera: "Resolví personalmente llevar el ataque para hacer pedazos al enemigo fresco, sin darle tiempo a la incorporación que buscaba. Cargué a trote y galope. confiado en la decisión de mis soldados, que ardían en deseo de encontrarlo; pero se puso en precipitada fuga y en completa dispersión antes de ponernos a tiro de fusil".

Como solía suceder en las acciones de caballería irregular de la época aunque no hubiera víctimas en el choque, solía haberlas en la persecución. Partidas de caballería de los ejércitos aliados persiguieron a las tropas de Ángel causándoles numerosos heridos, que fueron capturados, y tomando caballos y pertrechos.

Los sobrevivientes de Chumbicha consiguieron huir a La Rioja. Taboada consideraba ya irreversible el resultado de la campaña, y escribía en consecuencia al gobernador de Catamarca que "Es imposible que se rehagan porque han recibido una lección terrible", con lo cual Del Campo regresó a Tucumán.

No obstante, el gobernador riojano Juan Bernardo Carrizo consiguió reunir a los sobrevivientes y a milicias de su provincia y Taboada debió marchar con rapidez sobre su enemigo, consiguiendo sólo entonces decidir la campaña tras su victoria en la Batalla de Mal Paso.

viernes, 8 de noviembre de 2019

Se cumplen 59 años de esta carta de Perón al compañero José Alonso




Carta al Sr. Don José Alonso 8 de noviembre de 1963

Escrito por Juan Domingo Perón.

Madrid, 8 de noviembre de 1963.

Señor Don José Alonso

Buenos Aires.

Mi querido amigo:

El compañero Cavalli me entregó su carta. Le agradezco su recuerdo y su saludo que retribuyo con el afecto de siempre.

Veo por lo que me dice que está un poco "cabrero" con Algarbe, pero no debe dar importancia al asunto porque no la tiene y tenga la absoluta seguridad de que en el futuro cualquier cosa que llegue por Algarbe no tendrá dificultades.

Entiendo que Usted está allí en el turbión de la lucha, centro del agitado remolino de las pasiones y de las actitudes más diversas, pero debe pensar sólo en los objetivos porque todo tenderá a desviarlo y si Usted cede, estará perdido. No creo que deba repetirle una vez más mi absoluta confianza no sólo en su lealtad a nuestros principios sino también en su capacidad
para llevarlos adelante en la mejor forma.

Es natural y lógico que la lucha no sea unilateralmente con el enemigo, porque las pasiones y la ambición están también a nuestro lado, pero cuando uno se propone una cosa y se decide a realizarla es menester superar la pequeñez de los que comprenden o la infamia de los que comprenden demasiado. Cuando uno tiene un plan en marcha ha de pensar que la obra de arte no está en su concepción sino en su ejecución, porque la mente que concibe sólo tiene que vencer dificultades y el que realiza debe vencer la falta de grandeza de los hombres que suele ser inaudita.

He hablado largamente con Cavalli y los compañeros de "las 62" y la C.G.T. que me han visitado y ellos podrán informarle de viva voz cuanto hemos tratado. No se caliente y ¡adelante!

La falta de tiempo, pues me tiene a los saltos, no me permite escribirle una larga carta; pero estos muchachos que han estado conmigo varios días le podrán decir mejor lo que interesa. Sólo deseo insistir en la necesidad de mantener la calma y seguir adelante con la firme voluntad de vencer. Usted tiene su misión y su responsabilidad. Lo justo es que las defienda como Usted cree que debe hacerlo porque para eso está en el cargo. La voluntad y la perseverancia es la parte sustancial en toda realización.

Muchos saludos nuestros para su Señora. A Hugo del Carril le he mandado una autorización para el bautismo de la Nena y le ruego a Usted que me represente en el padrinazgo. Muchas gracias.

Un gran abrazo.

Firmado: Juan D. Perón.